Culpable o no
Manuela Pulgarin Agudelo
Técnica en Administración y Contabilidad. Periodista en formación de la UdeA
Escribo desde el corazón y mis entrañas. Creadora del podcast y revista digital Pensando en Voz Alta.
Todo suele comenzar como una ligera incomodidad. Las manos se enfrían de repente, un temblor silencioso recorre nuestro cuerpo, pero mantenemos la voz serena. El corazón comienza a palpitar tan fuerte que retumba en las costillas, como si quisiera salir a desmentirnos. Mantenemos la voz en calma, pero el cuerpo suele traicionarnos; nos ponemos tensos, no encontramos tranquilidad de ninguna forma. El pecho se siente cada vez más pesado, los ojos comienzan a arder ante la idea de que hemos conspirado para que todo esto pasara. Intentamos convencernos de que no es nada grave. Nos repetimos la misma idea: no es una mentira, solo un pequeño ajuste a la realidad. Una omisión mínima, algo inofensivo que evitaría un problema mayor.
El cuerpo no celebra la mentira, la falsedad o lo que sea que hicimos. Sentimos un nudo constante en el estómago, la cabeza no paraba de darnos vueltas, nos ponemos alerta, listos para defendernos de una amenaza que no existe. Nos sentimos vigilados, observados, consumidos dentro de las angustias y mentiras hostigantes. No solo se siente un miedo indescriptible por perder a alguien amado, se padece además una culpa constante por haber mentido, por haber traicionado a quien no lo merece.
Sin embargo, no solemos traicionar por maldad o perversión, no siempre; en su momento, pensamos que no es tan malo, pero nos hace falta el aire, sufrimos de una asfixia indescriptible, todo el entorno parece cerrarse; no pretendíamos hacerlo, pero el miedo nos acorrala. La ansiedad de perder a una persona que amamos nos come de pies a cabeza. El miedo no nos convierte en monstruos, pero tampoco nos absuelve de la asquerosa culpa.
Solemos experimentar cierta incomodidad; mirarnos al espejo, analizar, profundizar en nuestros pobres actos de cobardía cada vez nos hace sentir más miserables. Padecemos males físicos, como náuseas, migraña, dolor en todo el cuerpo. El peso de la conciencia nos acorrala, la misma conciencia que nos repite nuestros errores y falsedades, rompiendo la confianza de quien nos la da y corrompiendo nuestra supuesta lealtad.
Mirarnos, comprender la maldad de todo el asunto, tener un rato de introspección y entender lo infame que fue abandonar la idea de ser honestos, diciendo mentiras y conspiraciones en contra de quien no lo merece, debería de hacernos sentir viles y despreciables.
El cuerpo siempre sabe cuando cruzamos la línea, aunque la mente lo trate de justificar.
Nuestro organismo suele ser el primer traidor, comienza una respuesta física de estrés agudo y trauma, que se suele manifestar en taquicardia, la falta de apetito y la ansiedad. Por más “tranquilos” que nos queramos ver, mentir de forma descarada primero nos afecta a nosotros, antes que a la otra persona.
Muchos crecimos creyendo que la verdad era lo único que podía mantenernos serenos, que era el terreno firme donde se podían construir relaciones que realmente valieran la pena. Comúnmente abogamos que el amor debería ser leal, que la sinceridad es una forma de respeto. Sin embargo, hay momentos en la vida donde los principios parecen inquebrantables hasta que el miedo los pone a prueba. Cuando sentimos que podemos perder a quien más amamos, la verdad deja de ser absoluta y empieza a parecer negociable. Ahí es cuando notamos que somos más manejables de lo que creemos, y entendemos la debilidad de nuestra conciencia. Porque la mentira y la traición no son errores, son decisiones conscientes, y cuando nos hacemos conocedores de eso, nos sentimos frágiles. Y esa es la gota que derrama el vaso.
En teoría creemos que salvamos un vínculo inestable y, al mismo tiempo, quebramos nuestra propia confianza. Pensamos que una leve mentira piadosa evitaría el conflicto, que podría ser la solución para sostener una relación. Aunque claramente, solo termina por resquebrajarla. Acabamos por traicionar a una persona que queremos profundamente.
La mente constantemente nos repite que no lo hacemos por odio hacia el o la traicionada, hacia su nobleza y su tierna mirada tan inocente. Solemos ser unos traidores por pánico, miedo, cobardía, nada más y nada menos que eso: cobardía. No solo terminamos por traicionar la confianza, sino que también acabamos siendo desleales a nuestros principios, los mismos que repetían que la verdad siempre va primero, los mismos que defendían la veracidad sobre la falacia. La misma persona que defendía la sinceridad ahora se siente acosada por lo maquiavélica que fue al mentir.
No sé cuántas relaciones inestables se sostienen a base de mentiras, pero no solemos pensar que nuestros vínculos se pueden ver inmersos en esa lista. Tal vez muchas relaciones no se rompen por grandes traiciones, sino por pequeñas omisiones acumuladas. Ajustes mínimos a la realidad que tratamos de convencernos de que son inofensivos, pero que van erosionando la confianza en silencio. Nos solemos convencer de que callar es proteger, de que ocultar es evitar conflictos, de que mentir un poco es mejor que perderlo todo. Y así solo logramos convertir el miedo en argumento moral. Mentiras que se justifican en nombre del cuidado o de la protección.
No siempre se traiciona por desprecio. No todas las traiciones nacen del odio; a veces solo nacen del miedo. A veces nos justificamos en no querer perder a una persona que amamos o apreciamos. Culpables o no, mentimos como nunca imaginamos. Mentimos para convencer. Necesitamos que nos quieran, incluso si debe haber engaños de por medio.
Lo único real es que somos tan egoístas que no le permitimos a la otra persona decidir a pesar de la abrupta verdad. Solo nos quedamos con la idea de que mentir es la mejor opción, pero no tomamos en cuenta que solo nos beneficia a nosotros.
Lo que más nos suele inquietar, es la posibilidad de haber fracturado la confianza que sostenía el vínculo que teníamos. Nos convencemos de que decir la verdad alejaría a la persona traicionada. Sentimos que perder sería quedarnos sin suelo.
Llamamos protección a lo que en realidad es control. Llamamos cuidado a lo que en realidad es inseguridad. Y en ese intento por sostener algo a toda costa, terminamos por acabar arruinándolo.
Porque cuando la mentira se disfraza de protección, ya no estamos cuidando el amor, estamos cuidando nuestro propio miedo. Y el miedo no construye vínculos sólidos, solo los aplaza. La traición no es un grito, ni un estallido, no siempre. A veces, es un susurro, una caricia cortante y filosa.